Mudarte al extranjero no siempre se parece a las fotos de Instagram. Entre emoción, miedo y adaptación cultural, estudiar fuera también implica aprender a reconstruirte lejos de casa.
Cuando gané la beca Magis Exchange para estudiar en España, estaba convencida de que sería una de las mejores experiencias de mi vida y tenía razón. Lo que no sabía era que también sería una de las más desafiantes.
Recuerdo llegar a Córdoba con la emoción de quien está cumpliendo un sueño. Todo era nuevo: la ciudad, la universidad, el acento, las calles, las personas. Durante las primeras semanas quería verlo todo. Visitaba monumentos, probaba comida nueva y me sorprendía de estar viviendo algo que durante años había imaginado desde Ecuador.
Pero hay una parte de los intercambios de la que casi nadie habla: la soledad.
Porque aunque estés rodeado de gente, llegar solo a otro país es extraño. Tus amigos no están. Tu familia no está. Las personas que conoces apenas saben quién eres. Y de repente te das cuenta de que tienes que volver a construir una vida desde cero.
A mí me costó especialmente relacionarme con algunos compañeros de la universidad. Muchos ya tenían sus grupos formados y no mostraban demasiado interés en socializar con estudiantes de intercambio. Tampoco fue fácil convivir con personas que venían de contextos culturales distintos al mío.
Hubo días en los que me sentí desanimada. Días en los que me pregunté si realmente pertenecía allí.
Y, sin embargo, también hubo algo hermoso en todo eso.
Aprendí a viajar sola. Aprendí a resolver problemas sin depender de nadie. Aprendí que podía hacer trámites, moverme por ciudades desconocidas y adaptarme a situaciones que antes me habrían parecido imposibles.
También encontré personas maravillosas. Estudiantes de diferentes países, compañeros de voluntariado y profesores que hicieron que España se sintiera un poco más como hogar.
Con el tiempo entendí que estudiar en el extranjero no consiste únicamente en conocer otro país. Consiste en conocerte a ti mismo en un contexto completamente nuevo.
Y aunque nadie me lo dijo antes de partir, hoy creo que esa es una de las lecciones más valiosas de cualquier intercambio.
Porque al final no regresas siendo exactamente la misma persona que se subió al avión y quizás ese sea el verdadero viaje.

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